Indignidad + incompetencia: el atajo elegante hacia la mediocridad

vencer la indignidad y la incapacidad

La mediocridad no llega con un fracaso épico: llega con argumentos razonables y una rebaja “sensata” de tus objetivos. Hoy veremos cómo dos principios —indignidad e incompetencia— se reparten el volante y te llevan, sin escalas, a una vida más pequeña.

Y lo peor es que lo hacen sin ruido. Sin drama. Con tu colaboración educada.

Hay un instante —corto, íntimo— en el que aparece una meta. No como un checklist, sino como una visión de futuro: tú con más libertad, más fuerza, más dinero, más maestría… o simplemente más coherencia. En cuanto aparece, ocurre algo que casi nadie nombra bien: la meta (o visión) y tú os unís mediante una goma imaginaria.

Esa goma tiene tensión. A metas más grandes, más se estira la goma y más tensión se genera. No es misticismo: es biología con corbata. Tu sistema lo interpreta como exposición, riesgo, cambio de identidad. Y responde con lo que mejor sabe hacer: protegerte.

El detalle incómodo es este: esa tensión se tiene que reducir. La pregunta no es si se reduce, sino cómo. Y ahí entra el atajo.

La reducción rápida de tensión (también conocida como “mi yo sensato”)

Cuando la goma aprieta, tienes dos rutas.

Una es la adulta: sostener la tensión, regularte y actuar aunque el cuerpo proteste, hasta que tu sistema aprenda que crecer no equivale a morir.

La otra es la ruta express: reducir tensión cuanto antes. Y casi siempre se hace con alguna de estas maniobras (que suenan responsables, que es el chiste):

  • Bajar la meta: no lo llamas rendición, lo llamas “ajustar expectativas”.
  • Posponerla: “cuando esté preparado”, ese “cuando” que tiene la puntualidad de un político en campaña.
  • Empequeñecerla: convertir un sueño en un hobby para que no dé miedo.
  • Cambiar de meta: no porque aprendiste algo nuevo, sino porque la tensión te picaba.

El alivio es real e inmediato. Y precisamente por eso es peligroso: te calma hoy y te encoge mañana. No fracasa tu meta; se degrada tu autoconcepto.

Principio de indignidad: “¿Quién te crees que eres?”

La indignidad no entra gritando. Entra susurrando, con tono de persona sensata. Es esa voz que convierte una aspiración en una falta de respeto: “eso no es para ti”.

Se disfraza de:

  • humildad (“yo no necesito tanto”),
  • moral (“no quiero destacar”),
  • o espiritualidad de saldo (“lo material no importa”, dicho mientras te importa).

El mecanismo es brutalmente eficiente: si sientes que no mereces la meta, tu mente buscará pruebas para justificarlo. Y las encontrará. No porque sean verdad, sino porque el cerebro es una máquina de coherencia, no de justicia.

De ahí nace una identidad pequeñita que suena virtuosa: yo soy de los que no… no piden, no cobran, no molestan, no se exponen, no lideran.

Principio de incompetencia: “Tú no puedes con esto”

La incompetencia es la prima lista de la indignidad. No apela a lo moral; apela a lo técnico: “no te da”, “no tienes nivel”, “no estás listo”. Y claro, suena objetivo.

El truco es que rara vez demuestra incapacidad real. Más bien te empuja a lugares donde te sientes incompetente… y luego usa esa sensación como evidencia. Círculo perfecto: sin práctica no hay progreso; sin progreso confirmas la narrativa.

Suele llevar máscara de virtud:

  • perfeccionismo (“cuando esté perfecto, salgo”),
  • procrastinación sofisticada (“primero lo planifico bien”),
  • formación infinita (otro curso y ya),
  • comparación crónica (siempre hay alguien mejor; enhorabuena, has descubierto la humanidad).

Y así, de forma limpia, te quedas sin la única cosa que podría salvarte: datos nuevos sobre ti mismo.

Cuando se dan la mano: el bucle que te hace pequeño sin que te des cuenta

Volvemos a la goma. La meta tira. La tensión sube. Y entonces:

  1. Aparece la indignidad: “¿para qué quieres eso tú?”
  2. Aparece la incompetencia: “y aunque quisieras, no puedes.”
  3. Para bajar tensión eliges una salida “sensata”: rebajar, posponer, cambiar.
  4. Sientes alivio (dopamina barata).
  5. Y pagas después: menos acción, menos evidencia, menos identidad expansiva.

El remate es perfecto: con los resultados pobres confirmas el relato. “¿Ves? No era para mí.” Y tu sistema aprende exactamente lo contrario de lo que necesitas: aprende a huir.

La mediocridad, Paco, rara vez llega por falta de talento. Llega por exceso de “sensatez” bien argumentada.

La trampa elegante: a veces no temes fallar, temes que te salga bien

Esto suena contraintuitivo, pero suele ser el núcleo del asunto: no solo asusta el fracaso; asusta la vida que viene si funciona.

Si te sale bien:

  • te ven (y ser visto pide sostén),
  • te exiges más (ya no cuela el personaje),
  • suben expectativas (de otros y tuyas),
  • aparecen responsabilidades nuevas (y menos excusas).

En otras palabras: el éxito te quita anestesia. Y algunos sistemas internos prefieren el dolor conocido al crecimiento real.

La salida no es “motivación”; es crecimiento (con peaje)

Aquí conviene decirlo claro, sin incienso: el camino directo a la meta es el crecimiento personal. Directo no significa fácil; significa honesto. Y el crecimiento requiere tiempo, esfuerzo y repetición, no un estado de ánimo ideal que, casualmente, nunca llega.

Lo que de verdad revienta este bucle no es una epifanía. Es una práctica: hacer cosas pequeñas, medibles, ligeramente incómodas, una y otra vez, hasta que la goma deja de chirriar.

Un par de movimientos que suelen funcionar porque te devuelven mando:

  • Cambiar “no puedo” por “no he entrenado lo suficiente aún”.
  • Cambiar “no lo merezco” por “no estoy dispuesto a pagar el precio todavía”.

No es positivismo. Es precisión. Y la precisión te devuelve responsabilidad sin machacarte.

Cierre: metas en acero, camino en arena (con un condicional importante)

Cuando encuentras una meta valiosa —valiosa de verdad, no una heredada por comparación, estatus o inercia— entonces la clave es escribirla en acero. No para ponerte épico, sino para evitar el truco más común: mover la meta cada vez que la goma aprieta.

Lo que sí va en arena es el camino (como se suele atribuir a Anthony Robbins): hoy pruebas una estrategia, mañana corriges, pasado aprendes una habilidad, recalibras el ritmo, pides ayuda, iteras… pero no conviertes un mal día en un cambio de identidad. El trayecto “directo” a una meta casi nunca es recto; suele ser crecimiento personal con peaje: esfuerzo, tiempo y la incomodidad de verte evolucionar sin excusas.

Y si un día descubres que esa meta no te expande, sino que te encierra, también hay grandeza en soltarla. Pero mientras sea tuya, Paco: que no se negocie la visión; que se negocie la estrategia.

Resumen (sin anestesia)

  • Una meta grande estira la “goma” entre tu presente y tu futuro y crea tensión.
  • Para reducirla rápido aparecen indignidad (“no es para mí”) e incompetencia (“no puedo”), y te empujan a rebajar o posponer.
  • La salida real es crecimiento personal sostenido: metas (si son valiosas) en acero, camino en arena.

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