Inteligencia Emocional en las empresas: una muestra de hipocresía corporativa.
Es muy difícil encontrar a un ejecutivo que niegue que la Inteligencia Emocional (IE) carece de importancia. No obstante, la forma en que el empresariado español aborda este concepto resulta, a menudo, vergonzosa e hipócrita. Aunque las ofertas de empleo exigen sistemáticamente cualidades subjetivas, como «gran iniciativa» o ser «automotivado», las empresas no han desarrollado métodos sólidos para medir estas competencias. La evaluación se limita a preguntas superficiales en la entrevista, lo que convierte a las soft skills en un mero adorno en la descripción del puesto.1
Esta superficialidad es un error grave. Daniel Goleman demostró que entre el 74 % y el 96 % del éxito en el desempeño se debe a las habilidades blandas, no a las académicas. Si no se comienza a evaluar y priorizar la IE con seriedad —utilizando herramientas que ofrezcan predictibilidad de reacción ante las exigencias del puesto—, las compañías seguirán contratando a personas con la certificación académica perfecta, pero incapaces de lograr el mejor desempeño posible en el rol.
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